¿Qué responder a un niño que pregunta por qué Dios permite tanto dolor?

Tras el terremoto del pasado 27 de febrero, nuestro país está viviendo un proceso de duelo: por quienes perdieron la vida, por quienes quedaron desprotegidos de todo lo material, por la sensación de pequeñez e indefensión con que nos despertamos esa madrugada, asustados frente al poder enorme de la naturaleza. Para la mayoría de nuestros niños, éste será su primer proceso de duelo, su primer asomo al dolor que, como los mayores sabemos, es parte integral de la vida humana.

Buscando ayudar a los adultos a quienes, de una u otra forma, nos toca acompañar y guiar en este proceso de duelo y esa búsqueda de sentido ante el sufrimiento, quisimos conversar con algunas personas que tienen en común el haber articulado sus vidas en torno a sus creencias religiosas, ya sean cristianas, judías, musulmanas, budistas, o simplemente aquellas a las que han llegado tras una búsqueda espiritual propia.

A diferencia de los males causados directamente por el hombre, las catástrofes naturales responden a otros principios. La Tierra, que constantemente está en proceso de formación, sigue acomodándose y buscando sus propios equilibrios aún más allá de nuestra comprensión. Para Cecilia, desde la perspectiva judía, “la Creación de Dios es un enorme mosaico del que nosotros solo vemos un pequeño cuadro: el equilibrio total de esa Creación trasciende nuestro entendimiento”.
Antonia, quien ha dedicado gran parte de su vida al estudio de diferentes tradiciones religiosas, siente que es importante acercar a los niños al concepto de una naturaleza dual, en donde la vida y la muerte se entrelazan constantemente: “donde el mar que da vida a los pescadores y baña nuestras hermosas costas, puede también ser maremoto; donde el volcán causa una erupción aterradora, cuyas cenizas fertilizan la tierra y cuyo calor y riqueza mineral genera termas capaces de traer sanación al hombre”.
El universo en que nos toca vivir parece exigirnos abrazar la vida y la muerte con la misma intensidad, integrándolas. Para Paula, quien viene buscando respuestas a través de su trabajo audiovisual, es “importante no negar a los niños los aspectos más oscuros, negativos o frustrantes de la realidad, por el contrario hay que ayudarles a integrarlos porque la vida es así, y es hermosa así: difícil, desafiante, un camino de luces y sombras, donde el hombre es un ser activo que tiene la oportunidad de crear realidades”.

Ninguna de estas personas consideró que lo que pasó fuera un castigo divino de ninguna especie, pero sí, que existe una responsabilidad en el futuro de escuchar la Creación antes de pretender imponer nuestra voluntad sobre ella, de hacernos cargo de ser parte de un ecosistema específico, que impone los límites de su propia naturaleza: no podemos evitar un terremoto como éste en el futuro, pero sí podemos evitar el dolor humano, construyendo fuera de las zonas que inundan los maremotos, cumpliendo con las normas de seguridad y aprendiendo a proteger nuestro entorno, del que no solo somos parte, sino que además somos la parte capaz de responsabilizarse.

Respecto al sentido que el dolor tiene en la vida humana, todo el que haya pasado por una pérdida puede atestiguar lo transformador que éste es. Para los cristianos, como Olga, la mayor muestra de amor de Jesús fue su disposición a vivirlo en carne propia: por la pasión de Jesús la humanidad encuentra la salvación. Además del poder salvífico del sufrimiento, del que hablara el Papa Juan Pablo II en su carta apostólica Salvifici Doloris, el dolor humano llama a la compasión, despierta la vocación que existe en todo ser humano por ayudar a quien sufre. Por ello, para Patricia, practicante budista, es importante que nuestros niños más grandes “participen en labores de ayuda a la comunidad para que se les abra el corazón hacia el prójimo y sientan el dolor del prójimo, porque ese dolor es altruista y en el tiempo madura hacia un sentido de amor y compasión más fuerte y real, que lo hace crecer en avocarse en el otro, comprendiendo que el dolor del otro es tan vivo como el que puede experimentarse en carne propia”.

Muhammad, miembro de la comunidad musulmana en Chile, quiso destacar que si bien los momentos de dificultad son parte de la vida humana, “tras la dificultad viene el alivio, señala el Corán, y eso es una constante: Dios te facilita las cosas luego de los momentos de dificultad, así como tras la noche viene la luz del amanecer”. A su vez, señaló que los momentos difíciles son importantes para hacer crecer a las personas en su fe, tanto si se está sufriendo, como si nos corresponde ser alivio ante el dolor.

La tradición judía permite y da espacio a los momentos de duelo: los considera necesarios e importantes. Mientras los deudos permanecen en su casa reunidos como familia durante la primera semana tras la pérdida, la comunidad entera se avoca a visitarlos, a traerles comida y darles oportunidad de comunicar el dolor por el que están pasando. Para Cecilia, ésta es la tarea que ahora nos convoca: vivir y acompañar la pérdida, entendiendo que el dolor y el conflicto son parte de la vida y son momentos muy importantes que nos ayudan a crecer y a evolucionar. A humanizarnos, como dice Paula. Mediante ese gesto de la comunidad, es que puede recuperar la fe quien se siente consternado, abandonado de Dios en estos momentos.

Olga siente que Dios, igual que un padre-madre con sus hijos, mira pacientemente los errores que cometemos en nuestro camino, individual y colectivo, y nos permite crecer, respetando nuestra independencia y autonomía. La madrugada del 27 de febrero recién pasada, gran parte de los chilenos enfrentamos durante algunos segundos la posibilidad de nuestra propia muerte. Los que sobrevivimos, desde ese libre albedrío que nos hace criaturas concientes en el universo, tenemos la oportunidad y la tarea de aprender de lo ocurrido: como país, es un llamado a la rendición del ego, piensan Antonia y Cecilia. Creemos también que es una ocasión para olvidar la soberbia y crecer, mirando hacia los países vecinos, que han venido ahora en nuestra ayuda; crecer, creando situaciones de equidad social que nos hagan dejar en el pasado la violencia estructural que tanta frustración y rabia generan; crecer, cuidando nuestro entorno, porque no somos sus dueños, sino simples elementos de la Creación; crecer, enseñando, no a competir por la supervivencia, sino a compartir la vida.

 FUENTE: EDUCARCHILE